EL PUEBLO DE LOS SABIOS

Sus orígenes y enigmas se pierden
en las brumas de los años antiguos.
Aquellos que engendraron sabiduría
desde la Osa Menor hasta la Cruz
y desde el naciente hasta el poniente.

A orillas de "la gran agua" asentaron
sus aldeas, su ingenio y su cultura.
Y llenaron sus selvas y montañas,
sus islas, playas, llanuras y valles
de cerámicas, palenques y estatuas
que atestiguan el misterio
de su más preciada herencia:

¡Sus ritos alrededor de los fuegos
y las hileras enigmáticas
de sus altares esféricos y mudos!

¿Acaso eran las armas de los dioses
del trueno y el viento Tlachque y Serkes 
cuando, con sus cerbatanas y lanzaderas,
luchaban feroces contra los huracanes?
¿O eran ofrendas de obediencia y sumisión
a sus caciques y sacerdotes?
¿O acaso mapas cósmicos y místicos
que unían todas las rutas del mundo?

Los Coutos, Quepoas, Cabécares y Bibrís
nunca revelaron los más valiosos
secretos de sus ancestros;
quedando su legado como testigo
- a medida que desaparecían
entre las brumas de los siglos -
a lo largo del Diquis, Sierpe y el Térraba,
en los cementerios de sus islas costeras,
en las montañas de Guayabo y Turrialba
y hasta en las húmedas riberas del Sixaola.

¡Su sapiencia era conocida y venerada
desde los territorios Mayas y Aztecas,
hasta las frías cumbres y litorales
de los Chibchas, Incas y Quechuas!

Y los pueblos de la gran patria Abya-Yala
los nombraban con reverencia;
y los honraban como los pueblos sabios
hacedores de las "bolas de piedra".

 


 

 

 

 

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